Tradueix

14 d’abril 2020

Ateismo: El antivirus contra la fe patriarcapitalista

J. Agustín Franco Martínez
Apóstata del catolicismo desde 2010

«Diseñar e implementar las vacunas culturales necesarias para prevenir el desastre, mientras se respetan los derechos de aquellos que necesitan la vacuna, será una tarea urgente y sumamente compleja, (…) Expandir el campo de la salud pública para incluir la salud cultural será el reto más grande del próximo siglo». (Jared Diamond. Armas, gérmenes y acero).

Hay una pandemia estacional que cada año infecta hasta el calendario: la semana santa. Todos contagiados de religiosidad, de fiebres misóginas y agónicas respiraciones patriarcales, sin guardar ninguna distancia social, confinando a la fuerza a los inmunes ateos y a los asintomáticos de la fe (por si acaso son agnósticos). Parasitando el espacio público con su teatro de marionetas sagradas, sin ninguna medida de higiene, ni social ni mental.

Una búsqueda rápida en internet sobre «procesiones ateas» nos arroja una avalancha de artículos donde la censura del ateísmo y las escenificaciones groseras de ofensa antirreligiosa son la norma. Ni siquiera se cumple la ley, como denuncia incluso algún profesor de Derecho Eclesiástico: «jurídicamente los no creyentes tienen el mismo derecho que los creyentes a salir a las calles a manifestarse por sus ideas» (Óscar Celador). Y por tal incumplimiento (prohibiendo que se celebren procesiones ateas) no vemos en la televisión ninguna noticia insultando y persiguiendo como maleantes a los religiosos que la incumplen. Y es que la religión es un arma mortífera. «La religión es una clase de tecnología. Su habilidad para tranquilizar y explicar es terriblemente seductora [el suspiro de la criatura oprimida, que diría Marx], pero también es peligrosa» (Jessica Stern).

Vemos que hasta en la forma de contagiar y de enfermar hay clases sociales. Si eres foco potencial de infección de coronavirus, cualquier paseo injustificado es causa de vida o muerte, salvo que seas diputado. Y si eres foco potencial de infección de coronafe o rosariovirus, entonces puedes pasearte tosiéndole en el cogote a quien te plazca y estornudarle en la cara la biblia entera, versículo a versículo, hasta borrarle del genoma todo rastro de impiedad. Si analizamos el contagio en unos y otros, (pobres infieles pecadores y noble clero confesor), veremos que se ajustan bien al patrón clásico de trabajadores y capitalistas.

A unos les es de aplicación la ley férrea del terrorismo, mientras que a los otros les es de aplicación la indulgencia por misionerismo.

La beligerancia religiosa contra la increencia es brutal. En cambio, el ateísmo debe guardarse siempre de no molestar al teísmo, incluso dejándole y respetando su espacio. El ateísmo será irreverente, pero al menos es coherente y defiende la libertad de pensamiento, hasta de los creyentes. Cosa totalmente inexistente y nada recíproca en el caso de la religión, que no predica con el ejemplo.

«Una tarea importante que deben realizar los creyentes de todos los credos en el siglo XXI será divulgar la convicción de que no hay acto más deshonroso que herir a los "infieles", de una u otra vertiente, por haber "faltado el respeto" a una bandera, a una cruz o a un texto sagrado». (Daniel Dennett).

La fe religiosa es un virus que también muta y se adapta a las vacunas ateas, así, por ejemplo, sus más famosas e ingeniosas mutaciones son la misoginia y el dinerismo (según lo llama el reputado “virólogo del capitalismo” Jon Illescas). Estas derivaciones de la fe religiosa siguen un patrón lógico: la caída en el descrédito y el secularismo de la fe cristiana impone dar un salto a otra cepa de fe más contagiosa, el capitalismo.

Como todos los virus, el de la fe también se hermana en simbiótica relación con el covid-19, apoyándose mutuamente para expandirse de forma sinérgica y exponencial, especialmente a través de la caridad y los discursos papales sobre ecologismo y desigualdad. Y es que el Poder se inmuniza contra la resistencia igual que funciona una vacuna, inoculándose en vena dosis controladas de disidencia viral. Y en esto el catolicismo le lleva ventaja al capitalismo. Así que si miramos a uno como el hermano mayor del otro, me temo que tenemos capitalismo para rato, pese a los recientes mensajes apocalípticos que decretan su próxima defunción y derrumbe inminente.

Como fácilmente puede ahora descubrirse, en estos tiempos de crisis y coronavirus, la actitud histórica rebelde y combativa del ateísmo se explica precisamente por las prácticas persecutorias que comportaba y sigue comportando el derecho a la duda, a la libertad de pensamiento, a la necesidad de liberarse de la sumisión de conciencia que practican impunes desde sus púlpitos privilegiados los clérigos y moralistas de todo pelaje.

Los ateos que son felices y consecuentes no condenan al prójimo por su fe, entienden que sería tan absurdo como atropellar con alevosía a un ciego que cruza la calle. Si los creyentes quieren hablar de dios, pues que hablen. Como decía un ateo anónimo: “que discutan, pero sin acritud ni hiel, les prometemos no condenarlos nunca al fuego por el crimen de lesa geometría que ellos cometen al sostener que tres personas no son más que un solo Dios”. Hay ateos con más humor y misericordia que muchos fieles con crucifijo y voluntarios de Cáritas, puesto que perdonan a sus verdugos fijándose solo en la pena menor (creer internamente en una fantasía) frente a la descomunal pena mayor (querer imponer socialmente la propia creencia bajo pena de persecución y muerte).

A comienzos del siglo XXI había más de mil trescientos millones de personas que se declaraban increyentes, siendo entre ellas un quinto las ateas convencidas. Porcentaje similar en Europa, donde una cuarta parte (cien millones) son personas irreligiosas, de las que el cinco por ciento son ateas. En EEUU un 60% de las personas de ciencias son increyentes, elevándose a más del 90% entre los miembros de la Academia Nacional de Ciencias. ¿No se deduce claramente de aquí, entre otras cosas, el nada sagrado interés religioso por la educación? Más claro no podía ser.

Y en el contexto de la religión neoliberal, ¿no se deduce también de aquí el interés mediático por la desinformación, la infoxicación y el espectáculo? Mantener a la gente desinformada y en la ignorancia alimenta el misterio, la histeria, el temor y los mitos científicos y tecnológicos para controlar más eficazmente a la masa, con su parafernalia propagandística y caritativa y sus sermones sobre curvas, picos, guantes y alarmas.

Así, pues, apostemos por una renovada esperanza atea. “No hay ningún bien que esperar ni ningún mal que temer después de la muerte; aprovechad, pues, sabiamente el tiempo, (…), pues ahí está la mejor decisión que podéis tomar” (Jean Meslier, 1664-1729, cura ateo). Y feliz semana atea, feliz año ateo, feliz vida atea.