Tradueix

15 d’octubre 2018

El Papa y el aborto

El papa Francisco compara el aborto con «contratar a un sicario para resolver el problema»

El papa Francisco condenó la interrupción del embarazo y lo comparó con quien contrata «un sicario para resolver un problema», durante su catequesis celebrada en la Plaza de San Pedro.
El papa Francisco reflexionó sobre el quinto mandamiento: «No Matarás» y entonces condenó la «supresión de la vida humana en el seno materno en nombre de la salvaguardia de otros derechos».
«¿Pero cómo puede ser terapéutico, civil o simplemente humano un acto que suprime la vida inocente e indefensa en su inicio?», preguntó. Y agregó: ¿«Es justo suprimir una vida humana para resolver un problema? ¿Es justo contratar un sicario para resolver un problema? ¡No, no se puede!».
Criticó «que los padres, en estos casos dramáticos, necesitan una verdadera cercanía, de verdadera solidaridad, para afrontar la realidad superando los comprensibles miedos y que, sin embargo, lo que reciben son rápidos consejos para interrumpir el embarazo».
La Sexta, 10-10-2018

Una vez más el Sr Bergoglio nos obsequia con uno de sus macabros pensamientos: «para mí, el aborto es una salida a problemas para los que las personas humanas no encuentran solución».
Hablar de la «supresión de la vida humana inocente e indefensa» es un siniestro juego de palabras. Nadie ha demostrado hasta hoy que los proyectos de vida sean seres completos. Y la teoría de que ya tienen alma tampoco ha sido demostrada jamas ni parece que vaya a serlo. ¿Que fue de los niños de Jericó y los de Sodoma y Gomorra?. ¿Y lo de Béziers? (el cronista cisterciense Cessari d’0Heiterbach de la cruzada contra los Cátaros, puso en boca del legado papal Arnau d’Amaurí en el momento de ordenar la entrada en Béziers: «Matadlos a todos, y dios, después, ya sabrá conocer a los suyos»). ¿Y de los asesinados en las cruzadas contra el Islam o los propios de la cruzada de los niños (mueren mas de 10 000 niños en el viaje y unos 2000 son vendidos como esclavos)? ¿Y si reflexionamos sobre el genocidio de los nativos de Sudamérica, durante la «evangelización», donde murieron más de un millón de personas, muchos de ellos niños y mujeres embarazadas? Este tema en España aún es tabú, pero empieza a despertar ante las documentadas denuncias de sus descendientes. ¿Y los asesinados en la guerra de los Balcanes, con sacerdotes bendiciendo las tropas de ambos bandos? ¿Y qué decir de la Inquisición, con sus asesinatos de «brujas» —algunas de ellas embarazadas— en las largas e ignominiosas sesiones de tortura? ¿Y de los menores herejes, hecho siempre por el «brazo secular», verdadero sicario al servicio de la iglesia católica?.
En fin, podríamos seguir así hasta la náusea, pero por hoy lo dejaremos aquí.
Por cierto y hablando de niños, ¿por qué ese dios tan pregonadamente misericordioso sigue castigando a todos los recién nacidos humanos por una presunta gilipollez cometida por unos sapiens llamados Adán y Eva? —lo que no parece demostrado hoy por hoy, con el tiempo que han tenido para estudiar el tema— ¿Quién castigaría hoy en día a un niño por el delito de su padre, o de su abuelo, o de su tataratatarabuelo?

VS



30 de setembre 2018

El dia mundial de la blasfèmia

per Dani Rué

El dia 30 de setembre es va establir com a dia mundial del dret a la blasfèmia, coincidint amb l'aniversari de la publicació de dibuixos satírics de Mahoma en el diari Jyllands Posten de Dinamarca. Això va generar una gran indignació en el mon musulmà (actual màxim referent de la intolerància religiosa, distinció que fins no fa gaire ostentava el cristianisme) i va generar tota mena de intoleràncies que van desembocar en les cremes d'ambaixades occidentals.

També es dedica a Salmand Rusdie que porta dècades amagat degut a una fatwa del Ayatolà Jomeini condemnant-lo a mort tal i com mana el Corà.

Al estat espanyol en virtut del article 525 del codi penal que condemna «l'escarni» a la religió, Javier Krahe va ser jutjat al maig de 2012 per una cinta casolana de 54 segons realitzada feia 34 anys en la qual se li veia al costat d'uns amics cuinant un crucifix.

L'article 525 del Codi Penal d'Espanya contempla el delicte d'escarni prescrivint una pena de vuit a dotze mesos de multa a «els qui, per ofendre els sentiments dels membres d'una confessió religiosa, facin públicament, de paraula, per escrit o mitjançant qualsevol tipus de document, escarn dels seus dogmes, creences, ritus o cerimònies, o vexin, també públicament, a els qui els professen o practiquen». Això significa una repressió efectiva sobre el dret de lliure expressió. A l'estat espanyol es poden criticar i fer parodies i burles de tota mena d'institucions i personatges públics però no és permès fer escarni dels éssers imaginaris que viuen en ments obnubilades.

A la catòlica República d'Irlanda va aprovar la «Llei de difamació de 2009», que en part diu: «Una persona que publiqui o pronunciï blasfèmies serà culpable d'un delicte i podrà ser condemnada a una multa que no excedeixi de 25.000 €.»

Què és blasfèmia? Per descomptat, ningú sap el que és, tret que prengui en consideració el lloc i l'època on es trobi. El que és blasfèmia en un país podria ser una exhortació religiosa en un altre. És a dir, l'ofensa o no dels sentiments religiosos depèn més de qui se sent ofès que del ofensor. A l'Aràbia Saudí, el Iemen, Pakistan i d'altres països islàmics la blasfèmia i el ateisme es castiguen amb la pena de mort.

foto: dataurgente.com

El cristianisme, amb l'Església Catòlica Romana al capdavant, no va estar pas plegat de mans durant més de 15 segles fins fa uns dos-cents anys mal comptats. La inquisició va fer una bona «neteja» d'ateus i heretges mitjançant tortures i fogueres.

Segons el dret canònic la blasfèmia és tota paraula injuriosa a Déu, distingint-se per la seva gravetat entre la blasfèmia herètica de la no herètica i, per l'objecte de la mateixa, entre la blasfèmia directa, que és la proferida a Déu, de la indirecta, que és la proferida a la Mare de Déu, els sants, els Sagraments, etc. Així doncs la blasfèmia no es va dirigida contra els sentiments dels creients com sovint aquests es queixen sinó contra unes deïtats de les que no existeix ni la més mínima evidencia i que, a més, d'ideari que les suporta és objectivament pervers.

Per això avui, 30 de setembre de 2018, exerceixo el meu dret d'expressió, de crítica i de merescuda befa al sentiment religiós. El respecte a la intolerància i la hipocresia religiosa, per molt que es disfressi de bondadosa i tolerant, no fa més que donar ales al obscurantisme, la superstició, la irracionalitat i la repressió dels drets humans i obstaculitzar l'avenç del coneixement científic, del progrés social i el millorament de la nostra consciencia d'espècie. Tinc la ferma convicció intel·lectual que l'única forma de tractar les religions i el pensament màgic, al igual que les pseudociències i demés maguferies, és el públic escarni. Feliçment en aquest cas em coincideix el que penso que cal fer i el que em ve de gust fer.

Dani Rué

25 de setembre 2018

Sobre el fundamentalismo religioso


El fundamentalismo religioso de las religiones del libro, no es un fenómeno de hoy; se remonta en su versión más moderna a principios de siglo pasado.

El artículo cuyo enlace adjunto, explica brevemente que significa la actitud fundamentalista en la religión, y lo concreta en el caso concreto de la Cuba actual. Como opera en Cuba, es todo una lección de donde sacar algunas reflexiones generales. Y este, es el interés que tiene, ya que, al margen de las condiciones concretas de todo tipo, que se dan en la Cuba actual, las formas de operar van más allá de lo que ocurre y ocurrió en el pasado no muy lejano en ese país.

Si somos capaces —y deberíamos serlo—, como pequeña tribu de ateos y librepensadores, de sacar conclusiones aunque provisionales, estas podrían ayudarnos a «elevar» nuestra mirada, al tratar ciertos temas, que tienen relación con las preocupaciones de nuestra supuesta o real militancia atea (dixit: Richard Dawkins).

Toni

¿Fundamentalismo religioso en Cuba? – La Tizza Cuba – Medium

20 de setembre 2018

El poder de la blasfemia

Cadenas para castigo inquisitorial
en Verona. / Pixabay
"Si hay algo eterno que podemos llamar aún España es precisamente esta combinación: la cárcel y la blasfemia"
por Santiago Alba Rico

Willy Toledo ha pasado una noche en la cárcel por blasfemar. Si hay algo eterno que podemos llamar aún España -y eso para todos, por muy ligeros o postmodernos que nos queramos- es precisamente esta combinación: la cárcel y la blasfemia.

Toledo se ha cagado en Dios, lo que es una estupidez; o lo parecía antes de que una asociación católica lo denunciase y un juez admitiese a trámite la denuncia. En España todo el mundo blasfema; todo el mundo ha blasfemado siempre, sobre todo los católicos y, cuando en España todo el mundo era católico, blasfemaban sólo los católicos. Ahora bien, cuando los católicos españoles se cagan en Dios no están pensando en Dios sino en la Iglesia. España -recuerda Villacañas en su libro sobre el poder político- ha sido un país extraño en el que la Iglesia ha regido durante siglos de modo inquisitorial los destinos de una población naturaliter cristiana, de manera que el anticlericalismo furibundo español, antes de adoptar formas ateas, era profundamente católico: pensemos, por ejemplo, en la quema de conventos de 1834, cuando los vecinos católicos de Lavapiés atribuyeron la epidemia de peste que asolaba la ciudad a un envenenamiento de las fuentes públicas por parte de las órdenes religiosas instaladas en Madrid.

Por lo demás, siempre he interpretado en este sentido un misterioso pasaje de los Episodios Nacionales en el que Galdós, en el marco de la primera guerra carlista, habla de la relación difícil del aspirante Don Carlos con su máximo general, Rafael Maroto, un hombre de cuyo fervoroso catolicismo nadie podía dudar. Pues bien, dice Galdós en las últimas páginas de su novela Vergara: “(Don Carlos) odiaba cordialmente a Maroto, no por mal militar, que no lo era, ni por desafecto a su causa, sino porque en cierta ocasión de apuro, atravesando la frontera de Portugal, había soltado D. Rafael en los regios oídos la interjección más común en bocas españolas, desacato que el meticuloso Rey no perdonó nunca”. ¿Qué “interjección” se le escapó al impulsivo y beato Maroto que su rey, tan necesitado de su ayuda, no le pudo perdonar? Sin duda una blasfemia; probablemente un “me cago en Dios”; y si su rey no se lo pudo perdonar no fue porque descubriese de pronto que su general era ateo, sino porque se percató de que era algo peor: un católico anticlerical y, por lo tanto, un carlista tibio (como quedó demostrado en el famoso “abrazo de Vergara” con Espartero en 1839).

Más allá de este caso sujeto a especulación, todos sabemos que los católicos blasfeman y se cagan en Dios no contra Dios sino contra la Iglesia, dentro de la cual muchos de ellos se han sentido siempre incómodos o engrilletados. En este sentido, uno de los graves errores de la Segunda República Española, y más en una situación de rebelión militar “católica”, fue la de obligar a los blasfemos católicos a elegir entre el ateísmo y la Iglesia, dentro de la cual los católicos al menos podían blasfemar. Es fuera de la Iglesia donde no se puede, como lo demuestra la denuncia contra Willy Toledo por parte de una asociación compuesta sin duda por católicos que blasfeman libremente, pero que no pueden aceptar el anticlericalismo consciente y premeditado de un ateo.

Muchos católicos se cagan en Dios por amor a Dios y rechazo de la Iglesia. Incluso muchos curas se cagan en Dios, porque esa expresión, junto a “me cago en la hostia”, se encuentra en la línea de salida -en la superficie- del rico repertorio blasfemo y palabroto del pueblo español plurinacional. Esas “interjecciones” están ahí, a disposición de todos, y salen del alma apenas una contrariedad, pequeña o grande, asalta nuestras vidas. Un católico blasfema, aunque no lo sepa, contra la Iglesia; y la Iglesia le perdona su anticlericalismo plebeyamente cristiano. Un cura blasfema, en cambio, para unirse más al Dios en el que cree firmemente (los que creen firmemente en él). O para interiorizar su misión como su representante y apropiarse -fervor rayano en la herejía- parte de su sustancia divina.

El “me cago en Dios” de un cura es como el “me cago en tu madre” de una madre que regaña al hijo que ha cortado los flecos del sillón o hecho trizas la vajilla. Al cura blasfemo (que es el bueno, el verdadero creyente) le sale del alma regañar a Dios con un “me cago en Dios” -pienso en algunos teólogos de la liberación ante flagrantes casos de injusticia- porque lo sienten suyo y así lo hacen más suyo, y se lo arrebatan un poco a los “malos” que invocan su nombre con solemnidad hipócrita y distancia humanamente despectiva.

No se puede escapar de España blasfemando. Todos blasfeman; todos blasfemamos. Lo que los católicos blasfemos no pueden quizás tolerar del “me cago en Dios” de Willy Toledo es precisamente que no le ha “salido del alma”; que le ha salido de la ideología, de la voluntad fría -diría Pavese- de añadir un clavo en la crucifixión de Cristo. Que no le haya salido del alma sino de la ideología vuelve en realidad más ingenua e infantil la blasfemia: una palabrota antigua, un poco obsoleta o pasada de moda, la autocomplacencia afirmativa y audaz de un niño en la fase oral que paladea el verbo más que el nombre y al que excita su propio coraje escatológico.

Ahora bien: ocurre que algunos católicos no ven aquí una niñería antigua, como la veo yo, ni un empobrecimiento ideológico; ven, del mismo modo que esos fanáticos musulmanes que atacan las pésimas e infantiles caricaturas del Charlie Hebdo, un ataque real a su Dios, al que creen absolutamente real, de manera que de pronto la blasfemia banal de Toledo, que pincha en nervio vivo, adquiere un sentido que en el contexto sociológico actual no tiene. Ese “sentido”, en todo caso, podía haberse quedado ahí, en una batalla en internet entre un niño valiente y un grupo de fanáticos musulmanes (quiero decir católicos) si no fuese porque, de manera inesperada, ha intervenido la justicia, y no precisamente, como sería de rigor, para defender al niño malhablado de los fanáticos ofendidos.

Porque es aquí donde interviene el otro rasgo típicamente “español”: la cárcel. Lo que da verdadero sentido, de manera retrospectiva, a la infantil blasfemia de Toledo (que se vuelve así grande, misteriosa y subversiva) es la cárcel. Es en este “sentido” adventicio, a contrapelo del contexto social, donde estamos ahora obligados a movernos todos, con independencia de lo que pensemos del twit de Toledo; blasfemar tiene el sentido que le ha conferido la persecución judicial y ya no podemos escapar a él, y no debemos hacerlo, en defensa precisamente del contexto social (que disolvería el sentido de la blasfemia) y, en consecuencia, de la libertad de expresión. Por alargar la cosa más allá de un “me cago en Dios” ideológico, podemos decir que Toledo, Hasel, Valtonyc, los independentistas catalanes encarcelados -y todo ello al margen de que nos gusten o no sus canciones o sus posiciones políticas- no habrían hecho nada si nada se hubiera hecho contra ellos. El “sentido” de sus actos, derivado del fanatismo religioso y de la persecución judicial, se habría perdido en el contexto social, como una chiquillada o una broma, si el Estado español fuese un poco más democrático -fuese realmente democrático.

Resulta que en España, el país más blasfemo y descarado del mundo, el más frívolo y más olvidadizo, tiene sentido blasfemar, además de sonido. Así que ahora, por culpa de unos fanáticos y una mala ley, estamos obligados a tomárnoslo en serio, ese sentido, hasta que se disuelva de nuevo -y desaparezca inaudible- en el repertorio palabrotero banal y en la banal rutina democrática.