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30 de novembre 2020

No hay esperanza para los desposeídos

J. Agustín Franco Martínez.

La esperanza que ofrecen las religiones es un insulto a la inteligencia. Una falsa promesa de futuro y de paraíso sin tener que pedir permiso. Si acaso lo que más se aproxima a una idea cabal de esperanza pueda ser la filosofía budista de la reencarnación (si tal cosa fuera posible), porque al menos contempla otra oportunidad, otras oportunidades, sin prejuicios definitivos. Aunque su camino a la iluminación sea más una huida de toda esperanza y una apuesta segura a la desesperación.

La esperanza que administran las religiones a lo sumo es una esperanza clasista, excluyente e intolerante. Solo admite al club de sus elegidos. No permite el acceso a quienes realmente la necesitan. Y no soporta la discrepancia ni la desobediencia. Las religiones venden una esperanza vana, hueca, apta para sumisos e indecisos. No es esperanza para desposeídos.

Porque si algo tienen los desposeídos es decisión para arrojarse a la deriva e insumisión para doblegar y saltarse las leyes injustas y esquivas. Algunos pensarán que a la fuerza, craso error, ¡por favor, no les quitemos su mérito!, porque lo único que harían «a la fuerza» sería morirse y, en cambio, se resisten, abrazando hasta la última gota de probabilidad para alcanzar el paraíso en vida.

Los últimos no tienen el respeto de quienes lideran las religiones. Tampoco tienen voz propia. Les han suplantado sus deseos y aspiraciones por cuentos infantiles, fantasmas angelicales y laberintos teológicos sin salida ni eco.

La teoría de la relatividad de Einstein es un juego de palabras insensato e ilógico al lado de la retórica religiosa sobre la esperanza y sus promesas, sus paraísos y bienaventuranzas. Sin embargo, es más fácil viajar a la velocidad de la luz que encontrar consuelo en el carácter sedentario y sedante de la esperanza basada en la fe.

Con frecuencia, llegado el momento de la tribulación y la desesperación, las religiones muestran de qué miserable pasta está hecha su retórica esperancista. Ojalá nunca la necesites, amigo, porque descubrirás con desilusión el engaño, el gran fraude. Piensa por ti mismo. No les dejes tu corazón porque se lo comerán vivo. No les dejes tu mente porque te la borrarán por completo. No les creas ni una palabra, es pura cosmética gramatical. Un truco de magia. No hay gracia ni amor ni paraíso. Su (falsa) esperanza se baña en un mar de desgracias que no conocen, aunque les lleguen hasta el cuello, hasta el mismísimo alzacuellos. No tienen autoridad moral para hablar de esperanza. Su esperanza es un abismo de odio misógino, por mucho que tengan a dios siempre en los labios y sus palabras te sepan a miel. Y en fin su esperanza es un canto a la claudicación y al infierno en vida, ideal para el sostenimiento del goce y disfrute de los malvados.

Su lamento por la falta de vocaciones es el síntoma evidente del fracaso de su retórica esperancista. Su desprecio por las esperanzas mundanas es la clave para medir su esquelética ideología sobre la esperanza. Su sermón de odio y represión contra el cuerpo y los placeres sexuales es la marca indeleble de su falsa esperanza.

En plena noche a nadie se le ocurriría pedirle al ciego que le señale por dónde sale el sol. En alta mar a nadie se le ocurriría pedirle al náufrago que le señale por dónde se avista tierra. Por ello no les pidáis a los clérigos ni a los creyentes que os señalen por dónde está la esperanza, os enviarán por el camino equivocado a sabiendas. En su fuero interno lo saben: ¡No hay nada que esperar!, salvo lo que cada uno mismo espere, y esa espera se construye, no es pasiva, no es contemplativa. Contemplar el desastre no es espiritual ni ninguna muestra de fe. Si llega el desastre es porque antes no se construyó la esperanza. Los principales destructores de esperanza son los teólogos, las religiones y sus sagrados administradores. En el desierto de la nada tienen su coto privado de caza, de caza de almas.

En las religiones no hay esperanza para los desposeídos. Su esperanza (la de las religiones) es la contraley necesaria para afianzar los intereses que la ley ya garantiza a los poderosos. La ley les garantiza la propiedad de sus bienes, aunque les sobre para vivir varias vidas. Y la contraley religiosa les garantiza el perdón añadido de los desheredados, para que no les corroa la envidia. La ley les garantiza la inmunidad por sus fechorías. Y la contraley de la fe les asegura por añadidura el silencio cómplice y comprensivo de las víctimas. La ley les premia con escaños por sus ansias de poder. Y la contraley divina les protege doblemente con la adoración y la subyugación de los súbditos.

No hay esperanza para los desposeídos. En la increencia hay más riqueza y libertad y compasión que en las religiones. En el ateísmo la esperanza no se juzga por lo que creas o dejes de creer, sino por lo que construiste con ella y por ella. Es decir: si llegados al abismo tuviste la precaución de construir un puente; si llegados a la soledad tuviste la valentía de ser un ejemplo de fiel compañía; si llegados al infierno tuviste la osadía y el arrojo de escapar y enseñarle la salida a otros.

Uno se sabe en brazos de la esperanza cuando se siente en casa, en casa, cuando sabe que hay quien le Cuida, quien le Ama, quien le Sueña, quien le Acompaña. Y ese tipo de esperanza es muy profana, muy de carne y hueso, muy humana, no es etérea, no es divina, no es un sarpullido de poético misticismo. Quien le comprende, quien le abraza, quien le sigue hasta el fin del mundo, quien le adivina el pensamiento. Quien le corrige, quien le acepta, quien le sana, quien le acaricia. Quien… Quien… ¿Quién?

Proclamar hoy la noche oscura del alma no es más que abrir la veda para la caza de los espíritus disidentes, para arrebatarles la única esperanza verdadera que tienen los desposeídos: la capacidad de construir un mundo mejor para los que vendrán detrás. 

13 de novembre 2020

Inmatriculaciones y desidia política

por Alicia Alcalde Villares.

Hace escasos días recibíamos la noticia de que el listado de los bienes inmatriculados por la Iglesia Católica en nuestro país, entre los años 1998 y 2015, había sido remitido a la mesa del Congreso. Tras dos años de obrar en poder del Gobierno de España, finalmente se iba a poner a disposición de los representantes de la soberanía nacional e iba a ser posible su público conocimiento.

La noticia ha resultado ser falsa. El Gobierno de Rajoy, en 2018, cumplía con el mandato aprobado por el Congreso a instancias del PSOE y obtenía una lista parcial (faltan todos los bienes inmatriculados entre 1978 y 1998) de dichos bienes. Dos años después, el propio PSOE, junto con los demás partidos de la coalición de Gobierno, parecen considerar que la ciudadanía española aún no es merecedora de conocer el alcance del expolio monumental perpetrado por los Obispos españoles. Expolio efectuado al amparo de una ley franquista, adecuadamente amañada por el, en su día, Presidente Aznar y con la colaboración inestimable de los Registradores de la Propiedad y que ha supuesto una usurpación al dominio público y privado de unos 40.000 bienes, cifra reconocida en su día por el vicepresidente de la Conferencia Episcopal Fernando Giménez Barriocanal. De esta manera llegamos a lo que es una anomalía en toda Europa y es que una organización privada y en última instancia un Estado extranjero se conviertan en los mayores poseedores de patrimonio por delante del propio Estado español.

El Gobierno de Aragón, tampoco considera que la ciudadanía aragonesa tenga derecho a conocer cuales son los bienes de sus pueblos, parroquias, diócesis, barrios y pedanías, que los Obispos han inscrito a nombre de la Iglesia.

Desde abril de 2018, el Gobierno de Aragón cuenta con el listado del número de bienes inmatriculados por los obispos en cada diócesis aragonesa entre 1998 y 2015, que asciende a 2.023. Este listado se pudo obtener tras la aprobación de una Proposición no de Ley efectuada en su día por Podemos. Falta por requerir a los Registradores el listado con el contingente de los bienes inmatriculados entre 1978 y 1998 y que puede ser un número incluso superior. Téngase en cuenta, a modo de ejemplo, el fervor inmatriculador sufrido por el Arzobispo Elías Yanez en su archidiócesis de Zaragoza durante los años 80, que no dejó prácticamente ningún bien sin inmatricular, e incluso inmatriculó alguno que ya lo estaba. Además de parcial, dicho listado es meramente numérico, queda por conocer la información registral de dichos bienes, para poder saber exactamente de qué bienes se trata y ejercer las acciones necesarias para su reversión al dominio público.

Pues bien, en la primavera de 2019, la asociación MHUEL recibió alentadoras palabras del Sr. Gimeno, el entonces Consejero de Economía y Hacienda del Gobierno de Aragón en el sentido de que se iba a recabar a los Registros esta informacón.

Palabras alentadoras que las inmediatas elecciones diluyeron en el olvido y que su sucesor en el cargo el Sr. Pérez Anadón se muestra extraordinariamente remiso a recordar. Por cuatro veces se le ha solicitado que se reúna con la asociación para tratar de este asunto y otras tantas ha dado la callada por respuesta.

¿Cuál puede ser el interés del Gobierno de España y el de Aragón para escamotear a la ciudadanía una información de tal importancia y envergadura?

¿Puede ser que en las negociaciones con el Vaticano que está manteniendo el Gobierno, estos bienes —o al menos algunos de ellos— se estén utilizando como moneda de cambio?¿A este cambalache se refería el Presidente del Gobierno Pedro Sánchez en su discurso de investidura cuando decía que establecería un nuevo marco de relación con la Iglesia Católica que garantizara la laicidad del Estado.?

Un Gobierno que tiene el Laicismo como un principio esencial de su programa no puede por más tiempo mantener este escándalo monumental oculto. Es hora ya de que la izquierda de este país —cuando llega al Gobierno— deje de tratar a la Jerarquía católica con un temor reverencial absolutamente impropio de los representantes democráticamente elegidos de un Estado de Derecho.